10.1.17

Mirar los clásicos con ojos modernos. O mejor no.

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     Hace poco he estado reflexionando un poco acerca de ciertas experiencias que he tenido leyendo literatura clásica del siglo XIX (particularmente norteamericana, pero se adapta también a la inglesa y la francesa) y me gustaría compartir estos pensamientos con ustedes. 
     Como lectores del siglo XXI, leer literatura antigua (más de un siglo de distancia mínimo) nos permite transportarnos y experimentar, a través de la pluma de sus autores, el mundo, las costumbres, las ideas y los sentimientos de una época muy lejana a la nuestra. Si bien esto puede resultar en una práctica estimulante, existe también un subproducto latente: experimentar en primera persona los peores vicios de una época muy lejana a la nuestra.
     Mucho se ha escrito al respecto: la necesidad de contextualizar los libros de ficción que uno lee, tener en cuenta los modos de ese entonces, etc, antes de emitir algún tipo de juicio. Los años del 1800 no fueron particularmente un baño de rosas en occidente, particularmente por cuestiones rampantes como el racismo, el sexismo, la persecución ideológica y cosas de ese estilo.
     Si bien mucho de eso se puede justificar en los pormenores de una época, a veces encuentro ciertos aspectos de dicha literatura un poco difíciles de digerir.  En los últimos días, por ejemplo, he estado leyendo un libro de un autor muy reconocido donde se aprecia la virginalidad y la belleza de una muchacha como los rasgos más preciados de su persona para luego afirmar que sus encantos se marchitaron al volverse “reflexiva” y “pensante”. En el mismo libro, hay un diálogo que involucra a un esclavo negro que habla como una caricatura (sin pronombres y con verbos en infinitivo) antes de ser referido como un “negrito”, “morenito” y de “celosa mirada negra”. Todavía recuerdo la larga perorata de Victor Hugo en un libro tan excelente como Los Miserables –que amé- sobre cómo las mujeres que no tienen hijos son básicamente cosas inútiles que no han cumplido la función para la cual vinieron al mundo.
     Los ejemplos son bastos. La literatura es diversa. La pregunta básica que deberíamos hacernos es: ¿tiene sentido mirar la literatura antigua con ojos modernos? ¿es válido criticar todos estos vicios del pasado si provocan en la experiencia de lectura una reacción visceral? Por un lado, es injusto mirar obras antiguas con los prejuicios del presente y, mucho más, juzgar la obra o al autor en base a nuevos criterios. Por el otro, ¿hasta qué punto se puede decidir ignorar este tipo de cuestiones, el pensamiento bajo el cual están sustentados y la libertad del autor de incluirlos o no en su literatura? Después de todo, Lovecraft fue racista en una época donde ya una parte de la población intelectual rechazaba esos prejuicios; Hemingway fue sexista en plena era del movimiento feminista; Jack London afirmaba que los negros eran simios y que el deber del hombre blanco era matar a las demás razas, etc. Y estos son apenas algunos ejemplos.
     A veces un autor puede involucrar los vicios de su época en una obra con el objetivo de criticarlos, caricaturizarlos u ofrecer comentario al respecto. Austen, Dickens y Dostoievski fueron reconocidos por esto. Pero la cantidad de obras antiguas donde abunda el material que podría considerarse “ofensivo” es ilimitada. ¿Tiene sentido despreciar una novela por dichas cuestiones? ¿qué peso deberían tener estos elementos en nuestra opinión final del libro?
     En lo personal, si bien encuentro ciertos pasajes de mal gusto, siempre trato de mirar más allá de estas cuestiones, las reconozco, las tengo en cuenta, pero finalmente busco el valor literario en relación al propósito del autor y la calidad de su trabajo. No considero correcto juzgar una novela escrita en una época distinta con parámetros morales/éticos/sociales de una época actual. En todo caso, podemos aprender mucho leyendo clásicos de contenido altamente cuestionable: nos pueden ofrecer una visión interna de una sociedad, un tiempo y una manera de ver el mundo que termina revelando mucho más de lo que su autor originalmente se había propuesto.
     ¿Cómo abordan ustedes estas cuestiones? ¿Qué opinan al respecto?

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